jueves, 31 de mayo de 2012

Trayecto abandonado


Estaba esperando el autobús. Meditando en mis cosas. Bueno miento, estaba pensando en ella. ¿Qué estaría haciendo en este momento? ¿Comiendo, estudiando, viendo la tele? Quizás… ¿pensando en mí? Esa última opción era la que menos me creía de todas pero me gustaba pensar que ella también me visualizaba en su mente a la vez que yo la imaginaba a ella.

El autobús llegó, procedimiento habitual: sacar la cartera del bolsillo, de ella sacar la tarjeta del bus, esperar en la cola, darle la tarjeta al conductor, que me cobre y me la devuelva, y sentarme -normalmente al final-, me gusta observar a todo el mundo desde detrás, pero lo que en realidad pasa es que no me gusta que se fijen en mí, sentado al final, normalmente lo evito.

Ahora vuelvo a mis pensamientos. Estudiar. Hoy debería de estudiar, pero prefiero ir a verla. Me encanta ir a verla entre semana, no por no dejarla estudiar –que ella también tiene lo suyo- sino porqué me encanta que me anteponga a mi a cualquier cosa que tenga que hacer y que siempre busque un hueco para verme. Es un poco egoísta, pero me encanta que lo haga, me encanta que quiera verme. Me quiere. En ese momento esbozo una sonrisa por los labios y miró a mi alrededor. Lo de siempre: algunos preadolescentes por ahí sueltos haciendo el idiota en el bus, los señores mayores delante, el conductor hablando con el que sienta delante de todo, todo normal. Aún no estamos ni a mitad de camino, así que decido ponerme el MP3. Buscó algo que escuchar, tarareo canciones en mi interior y pongo una canción que hacía mucho que no escuchaba. Miro hacía afuera, el paisaje de siempre. Me concentro en la canción y voy repitiendo lo que dice. Cierro los ojos. A mi cabeza acuden imágenes de todo tipo y me pregunto que haría yo en caso de que me pasará lo mismo… La canción avanza, y su historia también. Me esta contando su historia de amor, y me dice las enseñanzas que sacó y como la ha conseguido olvidar después de que le haya hecho daño, pero ¡sorpresa!, al final de la canción se reconoce la verdad: mintió, es imposible olvidarla. Abro los ojos, ya estoy llegando… me quito los cascos y guardo el MP3, me levanto y aprieto el botón de parada.

Me bajo del bus, y hoy dudo por que camino ir. No sé porqué pero voy por el otro camino; hoy me apetece. Y a demás, me digo, le comprare un regalito de camino… una especie de piruleta o gominolas, y así me sonreirá nada mas se lo de. Sonrío y suspiro. Entro en la tienda y se lo compro. Paso por delante de un supermercado… evito mirarlo pero no puedo evitar mis pensamientos, le veo dentro. Ya era tarde la sonrisa se fue y mis pies seguían avanzando pero no quería que me viera así. Intento pensar en otras cosas, pero mi cabeza se agita por cosas que ni siquiera tienen sentido, pero me afectan.

Llego al portal y timbro, me abre, bajo las escaleras. La puerta esta entreabierta. Avanzo lentamente hacía ella, entro y cierro. Voy hacia la habitación siguiendo su voz, la veo. Sonrío. Ella me abraza, yo la abrazo. Todo olvidado, a su lado se van las dudas y me siento mal por haber pensado aquello. Sin embargo ella ya me vio la cara al entrar y me dice la pregunta de turno: ¿Qué te pasa? Le digo sonriendo que nada y le doy su regalo. Me abraza y me dice que no cuela pero que le hizo mucha ilusión al regalo. Si ella supiera que lo único por lo que estoy así es por que he tenido un pensamiento malo y ella me lo ha curado. La miro a los ojos, me veo en ellos reflejado. Son preciosos y me pierdo en ellos, me han hechizado. Le acaricio suavemente, primero el pelo después la mejilla y la beso. Fuera se divisa el mar, parece en calma… pero eso no quiere decir que no se mueva.

Deseos de lápiz


Si te digo que soy un chico normal, que siempre escribe a lápiz porque tiene miedo a equivocarse; que escucha canciones tal alto como puede para que alcancen a sus sueños. ¿Acaso significa algo? Lo sé, por mucho que me esfuerce los sonidos no llegarán, pero es tan triste no poder creerse esos “para siempre”…

Todas mis Venus me han fallado, y el planteamiento es echarle la culpa a la belleza, o tal vez a mis ojos por engañarme de nuevo. Es tan desgarrador pensar. Pensar que sólo quiero volver a soñar, y que para ello debo construir mis sueños. Sueños de mármol, de piedra pura, y al mismo tiempo blandos como el algodón. Duros, para no deshacerse de ellos jamás, y resistan en ese fragmento entre la realidad y la ficción, que aparece en ese dudoso momento en que abrimos los ojos por primera vez en el día; blandos, para que vuelen como las nubes, desaparezcan y no nos pesen, y vengan más en su lugar.

Debo seguir escribiendo a lápiz, tengo que seguir escuchando canciones para hacer parábolas oníricas en mi mente. Si el engaño es mi única salida, lo acepto. Pero lo que no aceptare es que mis sueños no dependan de mi realidad, porque eso, ni el destino puede arrebatármelo. Todo lo que soy se reduce a esos momentos nocturnos, en los que soy más yo mismo que durante el día. Tal vez, incuso –me atreveré a decirlo- sólo sea “yo” cuando duermo. Y es mi realidad, esa mezcla de sentidos y ficción en estado puro, la que determina mi mundo onírico inevitable.

Ya lo ves, creo que esto es la normalidad; creo que esto es ser normal. Y anulándome a mí mismo consigo ver más allá. Que venga ya la imperfección y me infecte. Todo listo. Sólo un último deseo: que mis errores se vengan conmigo. No quiero dejar de ser yo…vaya a donde vaya.